Mis ojos historian
mi torpeza
precoz
mi falta de respuesta a los estimulos
mi timidez
precoz
los anteojos que de chico quise sacarme
la miopía que ahora trato de simular
para que no se una a mi calvicie
ojos histeria
ojos objeto
ojos sopor
entrecerrados
uno y uno que buscan converger
se marean en las letras
quieren abarcar todo
pierden el detalle
ojos huevos
ojos furtivos (me miran)
ojos sorprendidos
ojos que revientan
córneas al aire
ventilan la ceguera
todos mis defectos
no me veo
ni cómo miro
miro mi mirada
no veo nada
ojos en un espejo
en la lupa que todo magnifica
ya no veo nada más
que mi ojo
sin ver nada.

Todos los poemas de amor se parecen

descubrimiento

despedida

no correspondido encuentro triángulo abrazo reconciliación alivio de ser

amado.


Escribo sobre el amor

para exorcisarlo

yo

expulsar las ganas de saber

de vos.


Dejar de mirar fotos

que me sacó te saqué nos sacaron

paisajes con precisos encuadres

de sentimientos

series difusas de segundos

cuando distraído me dejaba poseer.


Ahora hago de cuenta que me importa más

nada de vos

aunque te siga los recorridos

cruzando esa barrera

al encender el teléfono

tu despertar, lento

tu dormir, sin sobresalto

tu sudor.


Quiero sacarte de mí

y me encuentro con tus imágenes

muy adentro

difíciles de desterrar.


Los poemas de amor se parecen

hasta pueden aburrir.


Yo

escribo para no

pego a las teclas para no

duermo para no

te saco de mi mesa

me impongo soltarte

te someto a miles de transformaciones

sin siquiera acercarme.


Los poemas de amor son parecidos

algo está perdido

para siempre

te mirabas en el espejo

no verte a la mañana

bailando juntos

inexorable

lo espío a través de su cabello

por encima del hombro

viene

pero nada puedo hacer

para evitarlo.


Poemas de amor

escurridizos

atrapan sólo la cola

del cometa

cuando ya pasó

no queda ya nada

sólo su sombra.

DD

Hoy DD me contaba, me hablaba -mientras el café se consumía- sobre lo que estaba haciendo esos días. Las mujeres cuando se juntan (me dijeron) hablan de lo que sienten, los hombres hablamos de lo que hacemos. Yo sé, tarde o temprano, me dirá cómo se siente. Complicado Czikk, no sé como seguirá esto, difícil Ricardo, lo que pasa es que hago las cosas más difíciles. Es el retorno de lo mismo, pero los dos con menos pelo, única señal que puedo distinguir en el café que va decantando. Me acuerdo -mientras habla- de casi diez años atrás, en otro bar. Y me cuenta de lo que desearía. Creo que muchas veces escuché sus deseos. Los posterga. Constantemente la realidad se le impone. Quiere un taller dónde trabajar con sus herramientas. Me cuenta, que en la casa de sus padres le habían construido en el garage una plataforma donde apoyaba un tren eléctrico. Cuando el papá se llevaba el auto, él podía afirmarla sobre unos caballetes y subirse a arreglar las luces de su tren, poner más cosas en las estaciones, mejorar las rampas...

Mientras, miro de costado la computadora portátil, que abrió hace un rato para mostrarme el logo de la empresa que está poniendo en marcha. En el fondo de pantalla hay una foto muy tierna de su padre besando a su hija mayor. En blanco y negro. Un primer plano de los dos. Un gesto único de amor. Su papá que ya no está, evocado en esa plataforma, ese rincón que quiere recuperar para jugar con su tren, sus herramientas. Y quizá precise escapar de las obligaciones. Lo veo agobiado. No son diez años más. Es una vida larga que va cayendo sobre los dos. El café se consume. Ahora pedimos algo más. Me duele el estómago. No debo comer pizza, y ayer a la noche, para no salirme del rebaño, lo hice. Ahora pago las consecuencias.

DD me dice que ya debe irse, que tiene que seguir montando una mámpara para el baño recién refaccionado de sus hijas. Lo hará sin su mesa de juego, lo terminará por el mismo amor que le otorgó, a él, un tren. Un beso, transformado en plataforma para ser padre.


Viernes 27 de marzo, 19.30 hs.

Viajera Editorial
en la librería Hernández
(Av. Corrientes 1436)

Te invitamos a escuchar los avances de los nuevos ttulos
y fragmentos de nuestros libros publicados,
ledos por sus autores.


La perdida o la perdida por Karina Macció

La cajita de Pandora por Virginia Janza

Estuche negro por Ricardo Czikk

Malapalabra
por Cecilia Maugeri

Clin Caja por Anibal Ilguisonis

Literatura gourmet para disfrutar
y acompañar con una copa de vino

TRIVIAL

Los fines de año son todos iguales. Enloquecedores en la ciudad. El tráfico mezclado con las bolsas de las compras, la gente apurada porque parece venir el fin del mundo y no una fecha en el almanaque. Pero este año las cosas serían distintas. Me había tomado vacaciones, justamente para quedarme en la ciudad y observarla como un turista. Ver si podía verla de otra forma. El domingo llovió y el lunes era glorioso. Fresco en diciembre. Y con toda la semana por delante.
Empecé a armar el rompecabezas de las horas. Ahora al gimnasio, después un corte de pelo y más tarde a algún museo. Sólo para terminar el día en un encuentro especial de los alumnos de los grupos literarios de K. Una invitación ineludible para cerrar el año. Algo que le diera sentido al paso del tiempo. Ponerle palabras a la mudez, o algunas diferentes a la verborragia típica de los periodistas, que llenan páginas sintetizando el año que pasó y predicen de forma absurda lo que vendrá.
Caminé, hasta tuve que ponerme un buzo, sentí fresco. Luego un poco de sol me hizo desistir de tan larga caminata. El segundo museo por visitar estaba cerrado. No lo lamenté. Ya podía pensar en la llegada al Abasto.
Cuando llegué, noté que habíamos quedado mezclados. Que alguien había concertado un encuentro a la hora de las brujas. En medio del mismo barrio en que mi abuela me compraba los sábados la revista de los súper héroes, en el que me daba quince centavos para que me tomara el veinticuatro, en el que me dejaba mirar Misión Imposible en la cama antes de ir a dormir mientras pelaba manzanas (por supuesto que para comerlas me tenía que sentar, no sea cosa que me atragantara). Allí mismo donde los borrachos me asustaban de noche, en que mi novia y yo íbamos a la guarida para leer los libros prohibidos por la dictadura. No estoy seguro de que fueran prohibidos, quizá sólo lo hacíamos para sentirnos importantes, furtivos habitantes de ese barrio, donde en invierno hacía frío y en verano un calor insoportable. Pero mi abuela me dejaba jugar a las escondidas, abasteciéndome de un lugar para refugiar palabras, sensaciones y recuerdos.
Como es usual en mí, había llegado temprano. Me senté en el sillón. Estaba de buen humor. Como todo buen turista debe hacer, había llevado conmigo mi cámara de fotos. Y fotografié a los que iban llegando. Comenzó un extraño cruce de los que habitualmente llegaban a esa hora y los que se iban más tarde. Pero ese día, todos se quedaron. Había (se notaba) códigos de los grupos que se fueron creando ese año, y algunos hasta se habían puesto nombre. Eran tribus poéticas que en el Abasto habían enlazado sus destinos. Me dediqué a mirar por la ventana. Cruzando esa mole espantosa del shopping, en el edificio bajo que podía ver desde esta torre, vivía mi abuela. Ya no vive allí. Murió hace varios años. Pensé: quizá un día me anime y le pida a K. que me deje salir al balcón. Quisiera poder ver si en ese balcón ella sintió lo que escribió en su último libro.
¿Casualidad?: al lado mío, se sienta la hija de una amiga de la adolescencia. Se llama D. Lee sobre su madre y con su voz tan parecida, ya no sé a quién estoy escuchando. Ella que era la íntima amiga de mi novia y recuerdo, sí, que usaba aparatos en los dientes, fumaba mucho y se casó con alguien de apellido G. (no recuerdo su nombre). Entonces D., que se sienta al lado mío, es de apellido G.
De su madre no me acuerdo mucho más, sí de A., mi novia. Fría, distante. Marcó a fuego la elección de la que sería luego la madre de mis hijos. Tan parecidas ellas.
Sentado enfrente, Alejandro, conquistador a lomo de elefante, llega con una pequeña mochila y saca sus manuscritos, pocos transformados ya en textos tipeados. Saluda a su tribu, se presenta a los desconocidos. A mí me dice: ¿Qué hacés? ¿Cómo andás? Convencido que las convenciones del saludo me irritan, le devuelvo un simétrico ¿Y vos? ¿Qué le importa cómo ando? A mí no me importa él, salvo en los azarosos cruces en que me veo obligado a saludarlo.
Me empiezo a sentir avergonzado de mi propio orden. Lee Alejandro de las hojas de un cuaderno. Busca qué quiere leer, se toma su tiempo aunque parezca perdido. ¿Será un gesto planificado? ¿Como esas mujeres que se nota que estuvieron horas frente al espejo para no parecer arregladas? Mientras tanto, avanza el ejército interior, el implacable enemigo: ¿no será que tengo mucho tiempo para mí y por eso puedo ser tan ordenado en el oficio de escribir? Como no veo a mis hijos, tengo demasiado tiempo. Surge inevitable la siguiente pregunta (constante): ¿no será que con tanto orden nada nuevo puede surgir?
Cómo lee, me gusta. Es amigo de H., y se arman sincréticos los dos. Rubios, casados desde hace años, hablan bajito. Los dos tienen algo que les apasiona que no es el fútbol. H. la música; Alejandro, la poesía. Son amigos y sus hijos también entre ellos. Me cuesta entablar una relación con él. Algo no funciona. No pasamos de cinco minutos de un intercambio trivial y nos quedamos en silencio. Con muchos me pasa lo mismo: la superficialidad que me recrimino y acepto tantas veces como inevitable, mi naturaleza.
Viene después una conversación deshilvanada sobre lo nuboso. Lo que en la literatura hay que poder enfrentar mientras se escribe. Un problema que tratado de la forma en que lo estábamos resolviendo, no me satisfacía. Era un revuelto de más oscuridades, de gestos que no concluían. Sin embargo, la mitad de los presentes no recordaban que ésa hubiera sido la consigna del día. Algo muy típico de los talleres literarios, pensé. Miré atento a la cara de Alejandro, a quien creía perdido, entre tanta sombra y nube. Cuando leyó su texto me dije que no, que era una impostura, o que en todo caso me estaba reflejando. El rostro no siempre es tan fácil de leer. Leí hace poco de algunas personas que viendo rostros pueden descubrir sus intenciones. Cuando yo mismo hacía karate, mi profesor me decía que había que mirar los ojos del adversario -no sus piernas y manos- en sus pupilas estaban cifrados todos los golpes que arrojaría. Para Alejandro nada era oscuro. Su texto lo delataba. Era un recorrido piazzolliano por la ciudad, varios saltos en que las nubes se deshacían en locos que rodaban por Callao. Los rayos se convertían en ojos y las luces estremecían. Seguro. Quien no entendía era yo. Y mi rabia aumentaba. Las vacaciones, el museo y el día fresco ya eran un vago recuerdo. Él era de una tribu, tenía pertenencia. Yo, en cambio, estaba sitiado o aislado. Pensé que iría a un lugar en que algo especial pasaría. Pero, ¡éramos tantos buscando lo mismo! Y por un segundo me imaginé que a la misma hora, miles de grupos estaban en el mundo deshojando palabra sobre palabra, todos creyéndose especiales. Con un año calendario de acumulación de papeles en una carpeta roja, la profesora K. puso en evidencia que todo era un apilado de escritos. Dijo que ya no tenía lugar para más papeles. Se acordaba de quién era cada texto, algo que me llamó la atención entre tanta hoja suelta de diferentes tamaños.
Comíamos comida típica de asalto de mi pubertad. Pero eso me hace mal. Mate y en el medio mezclado con saladitos y coca cola. Creo que si me hubiera aventurado a ingerir algo de todo eso habría terminado internado (de hecho, una vez me pasó por mezclar torta de chocolinas con pizza)
Del resto de los presentes no puedo decir más. Todos podrían ser conocidos. Si lo intentara, encontraría que somos amigos, parientes o vecinos lejanos. Menos de seis grados de separación para todos. Un mundo pequeño en que no habría pretendidas palabras poéticas, sino que un mismo simple origen. Algunos de ellos, naturales miembros de clanes, con el tiempo dejarán la vida nómade del poeta y se asentarán. Otros seguramente harán otra vida, ésa de las lecturas colectivas, pequeñas revistas de baja tirada, algún libro y un mundo cerrado de autorreferencias.
Me impactan, de este cruce, aquellos que ya están como yo con media vida hecha -o un poco más- y vamos prolijamente a dejarnos llevar por ese maremágnum de palabras.
Ella (no recuerdo su nombre) leyó sobre la peluquera y su tía.
Dijo,
- El clonazepam no mata, sólo duerme.
Empiezo a temblar por dentro. Por un segundo me la imagino una asesina a sueldo, pero de un tipo especial. De las que matan con la palabra. Miro de costado a D. G.. Me parece que mucho no entiende esa frase. Me transporto hasta la madre de mis hijos (el lenguaje arma circunloquios increíbles para decir “ex esposa”). Una asesina que mataba con las palabras. Nada peor que contradecirla: su palabra era la última en nuestra horda. Y yo no era víctima, sólo que el clonazepam me dejaba dormir y no quería otra cosa que amanecer un día más. Un preso tachando lo días en el almanaque. En algún poema escribí lo mismo, un recluso con un marcador rojo tacha los días, insufrible retorno de lo idéntico. Total, ella podía seguir hablando, que yo era químicamente inmune. Pero lo increíble del lenguaje, tan aéreo, tan sin peso, es que no es inocuo. Trastorna, hace cosas y puede quemar. A la vez tan nuboso, sin transparencia en lo que decimos. Los silencios, mortales a veces, son formas sutiles del homicidio. Como en Caín y Abel, el primer gran crimen registrado, todo es cuestión de palabras. Dios acepta sólo un presente: el de Abel. El otro se trastorna. El texto no dice cómo lo mató. Fueron al campo (eso sí está dicho). Se miraron a los ojos y Caín lo hirió a Abel con unas palabras mágicas que lo tumbaron para siempre. Palabras con fuego, palabras ardientes, palabras dolorosas. Ahora todos sudamos para pagar el precio por ese uso irresponsable de la palabra. No sabemos si sangró. No sabemos si fue enterrado, ni siquiera si fue cenizas. Peor, muchos querrían saber si fue o no al cielo. Dios luego interpela a Caín, y nadie se hace cargo. Ni el mismísimo Dios, creador de la palabra que nombra todo, quien debe haber visto y oído lo sucedido, y que como responsable de todo ese drama, trata de no desocultar su propio error. Todas las ofrendas son válidas. Caín quedó preso en medio de una catarata de malos entendidos. Rojo de furia y azul de envidia, estalló. Su rostro lo delató y los ojos despectivos anticiparon el golpe que daría. La palabra, tan temprano, mostró que aún en la tribu más primitiva, no es trivial. Está integrada al cuerpo.
Ese día con todos esos desconocidos asistíamos a K., nuestro oráculo, para que ella nos dijera, cara a cara, qué era posible o imposible decir. Que validara si existían palabras conquistadoras, si la palabra nos transformaría en escritores, si podríamos llamarnos poetas, si trascenderíamos ese cúmulo de papeles impresos o terminaríamos en la basura por falta de espacio. Asilado en ese pequeño eje del mundo, asistía a un vórtice en que las palabras pasadas y futuras estaban a punto de adquirir plenitud. Me preocupaba que por su liviandad, pudieran morir en manos de alguna droga, una mirada despectiva, o un golpe no leído a tiempo en el rostro del oponente.
Estábamos ahí para hacer preguntas sin respuestas. En el Abasto. Cruzados. Sentados. Creyéndonos especiales. Conquistadores de la palabra o pequeños aprendices de asesinos. Justo antes de fin de año.
Cuando salí a la calle empezó a hacer calor. Sentí la humedad tan típica de diciembre. La gente estaba quieta con la boca cerrada. Me quedé sin ganas de hacer más planes para esa semana. No podía ser más un ocasional turista de mi propia ciudad. Todo se había vuelto sin sentido. Me sentía desasosegado.
Pensar que había cifrado en esos pocos días un final diferente.
No recuerdo haber saludado antes de salir.
Me gustaría deslizarme sigiloso
recién regresado
de la batalla sin botín
desnudo
que no altere tu respiración
sin que estires la mano
sólo quedes en medio de un sueño confuso
me acomode y muera como héroe de película
un rato al menos
oliendo tu cama, el improvisado pijama, la colcha
adivinando la foto de El Beso (trucado, ya lo sé)
una ciudad de posguerra
haciendo el gesto
que sin tocarte
me quite la llaga
nos deje amnésicos
en las diferencias


que nos alejan



y por fin


te llegue.

Mayúsculas


Hay que poder escribir sobre la falta de tema o el deseo de hacerlo. Se convierte en puro fluir de palabras sin apuro, buscando nada, dejándose llevar en andas por las manos del que escribe. Letra a letra, en estas MAYÚSCULAS que son las que mejor (únicamente) puedo leer cuando paso los textos al procesador, cuando les daré forma. Corregiré lo que, en ese momento, llamaré errores. Sentado, miro la sierra. Pero ya no es tan cierto cuando escribo: “sierra”. Ya no está más en mis ojos, se hizo sombra plasmada en el papel. Quien me acompaña ahora toma sol, frunce los ojos, se silencia en el rito de dejarse llevar por una ceguera momentánea. Y mi cabeza deja circular otras quietudes pasadas, transcurrires que nunca intenté atrapar con la palabra escrita. De a poco este ejercicio encuentra objeto, en atardeceres lejanos con horizontes más plenos. Acá la vegetación, los pájaros y la loma arbolada se ciernen sobre mí, cercenando la lejanía. Es una visión de acequias, arroyos y piedras, árboles muy crecidos con lluvias nocturnas y regados por esta luz implacable en los veranos. Algunos por acá son extranjeros, descendientes de los que buscaron la simpleza del espino y el cactus, del indio devenido campesino y la tierra apisonada que deja salir su polvo en el andar lento de los vehículos. No es extraño que sólo unos pocos se aventuraran a venir. En general europeos, específicamente alemanes. Duros como la dureza que los esperaba. Un alemán es alguien que parece remoto, que llegó a estos desolados parajes, dejando su tierra, hambre y guerra. Pocas veces por ideología.
De a poco, me doy cuenta de que yo vivo aprisionado en mi torre de ladrillos y lo que me encierra es la pared del vecino, que me corta el aliento. Mi dificultad para una prosa con objeto, no radica en la interrogación sobre estar acá, sino en una interpelación frustrada a lo que deseo. Un texto de letras que se dejen llevar.
Yo, no freno, me detienen los dolores de mi cuerpo.
Y me hago carne de unas ideas, mientras otras escapan por los huecos del paisaje.
En la vista al parque hay unos baños
químicos, improvisados puestos al azar
testimonios de una obra que sigue inconclusa
verano mediante me acalora
desde este bar en el sur de la ciudad
donde convive el asfalto caliente
las casas bajas con intentos urbanizadores -también sin terminar-
algo me invoca en este viernes
(abren y cierran la puerta dejando que escape el aire frío y se cuele el viento norte que me irrita)
víspera de otro fin de semana
que anuncia otro fin de año
que trae otro cierre de ilusiones
sin fin como las obras
el asfalto
cuando el verano lentifica mis ideas
me trae a esas noches que con la ventana abierta
imploraba una gota de aire
humedeciendo las sábanas
pegado a la almohada
camino de regreso a la oficina
con más sol y calor que antes
mis ideas sin acabar
después de la excursión
con deshechos a la vista
como yo.

A los “Diálogos de ruptura” de Julio Cortázar

APARENTE CONVERSACIÓN SILENCIADA

- Perdoname que te interrumpa, pero me cuesta aceptar que la distancia pueda ser buena, que no vernos, que no sentirnos cerca, que no tocarnos bajo la sábana pueda ser bueno. Presiento un futuro lleno de problemas. No entiendo qué me pasa, pero es así.
- Te escucho. Me cercás. Me cerrás. Lo que querés por un lado me da placer, o un poco de gratificación, no sé cuál sea la mejor palabra para describir lo que siento. Pero por otro lado, me asfixio en algo que me rodea, me atrapa del cuello, no me deja, respiro con dificultad.
- Si te suelto, te escapás.
- No, mis compromisos son más sólidos de lo que parecen. Empiezan conmigo. Después son con vos.
- Ayer me dejaste hablando sola y ni te diste cuenta.
- Tenía mucho que hacer. Estaba con esa sensación de apuro que me corroe siempre. Apuro por estar en otro lado, apuro como si algo se estuviese armando en otra parte y yo afuera de esa escena. Y al final estoy fuera de mi propia obra.
- Dejame que te abrace.

OTRA VERSIÓN SIN ALTER EGO

- Me corta el aliento
- Es que no podés dejar de verte
- Cuando ya no quiero más y sin embargo
- Nada de lo que hagas puede ser un escape seguro
- Si quisiera levantarme y salir podría hacerlo ya
- Siempre apurado por el futuro y los planes. Cero en presente
- Pero te querés asegurar que no sea la opción final
- Un presente que rehuís al evitar verme tal cual soy
- Me gustarían unas vacaciones cortas, cerquita, sin mucho viaje
- Sos quien no está ni siquiera cuando parece
- Un destino sencillo, pero pleno de recorridos
- Para mí sigue siendo central el horario de la comida y eso
- Seguro que ya llego al punto que quiero
- Hay horarios en que me angustio al verme
- Y no me dejes volver a ese momento
- Acá estoy
- Quiero un poco de silencio, por favor
- …

Reunión

Yuxtapuesto
a mi propio ser
expropiado en cada pensar
mi yo contra mí
mientras siguen hablando sin parar
me paro en un mangrullo y observo
mis miedos
dependencias
dudas
(esperanzas, pocas)
respiro y jadeo sin movimiento (ellos discuten)
inexplicable quedo
en deuda con lo que querría
no puedo enfocar en lo que dicen
existo
finalmente tiro la toalla
retiro la silla
voy al baño (así parece como si estuviera)
y quedo finalmente
extenuado.